jueves, 29 de marzo de 2012

Los terremotos de mi vida: Graciela Muñoz Fuenzalida



Conozco hace tres años a la vital Graciela del Carmen Muñoz Fuenzalida (Collipulli, Chile, 1930). Y cuando digo vital, es que la vida se expande en ella, bien sea en la buena o en la mala. Curiosa, inteligente, culta, decente, aguda, hace unos pancitos riquísimos y mermeladas de ensueño. Pero la vida de esta casi bisuabuela, no se resume a las historias de recetas y encuentros familiares, a las 5 en punto, para tomar Once. Hace días y a propósito del último terremoto en México, le pedí que compartiera con nosotros sus historias de sobreviviente en varios movimientos telúricos: desde su Chile natal, pasando por Caracas 1967, hasta llegar al pavoroso Gran Terremoto de México 1985. Quizás algunas de sus historias, así lo esperamos, nos sirvan para aprender y estar listos en caso de que nos toque de nuevo. Por lo divertido de su forma de ser, dejaremos que ella misma sea la que no nos cuente lo que fueron los terremotos de su vida.


"Lo primero que me viene a la mente, cuando escucho la palabra terremoto, es la imagen de una vaca atrapada en una zanga que se hizo en una playa de río en Lora. No la podían sacar. Eso fue en 1939, en Chile.
Eso fue en el campo: la gente no se moría, no le caían edificios encima, ni nada de eso. Se hundían las vacas, no se iba la luz, porque no había tendido eléctrico. Se salía a la calle y se le pedía misericordia al señor, para que no pasara algo peor, que se fuera a salir el río.
Un "ranking" definitivamente aterrador.


Luego recuerdo el terremoto del Cuatricentenario de Caracas, el sábado 29 de julio de 1967. Yo vivía en el edificio El Carmen de la avenida Urdaneta y tembló muy feo. Pero yo ya tenía mucha experiencia en movimientos telúricos. Ayudé a mi madre, a mis hijas, a mi marido en ese momento.

Yo salí al pasillo del apartamento y la luz se reflajaba en ondas, como si fuera un espejo de agua. Duró mucho, se escucharon vidrios rompiéndose, la gente gritaba y corría, muchos de ellos en ropas interiores. Fue un caos generializado. Algún tiempo después, vendían un disco de 45 revoluciones, en el que reproducían los sonidos de ese día.
Los destrozos en el Este de Caracas se pagaron caro en 1967
Luego fuimos con el carro a buscar a mi suegro que estaba perdido, pero él estaba en una fiesta y no se dio cuenta del terremoto. Yo pasé por la avenida Urdaneta, y se veían las casas por dentro, porque se cayeron todas las fachadas. Parecían casas de muñecas. Después pasamos por La Carlota, y habían cuatro montoncitos de tierra, con los nombres de los edificios que se habían desplomado, como en los cementerios pobres. Uno se llamaba Mijagual.

También se cayeron los edificios en La Guaira, fue muy feo y la gente estaba muy asustada.


19 de septiembre de 1985: Yo vivía en México: había venido a ver a mi hija Ana María y en ese entonces ella estaba de visita en Venezuela. Todo comenzó a las 7:19 de la mañana. Mi hermana había ido con su marido y su hija a verme. Dos noches antes, ellos decidieron irse a un hotel, porque había fallado el agua. Pero optaron por regresar a Venezuela, la noche del 18.
El recuerdo a las víctimas permanece el pueblo mexicano



Un hotel cercano al que ella había elegido, de muchos pisos, se vino abajo totalmente. Se llamaba Finis Terra (Fin de la Tierra en gallego).

Yo vivía en un edificio bajito, muy bonito y sin ascensor. Una construcción antigua muy bien conservada de piedra. Yo traté bajar por las escaleras, pero las paredes se justaban. Me volví a mi casa a esperar la muerte, pero tuve que resucitar, porque en el mismo edificio estaba una mujer joven muy asustada, sola con dos niños pequeños y me fui a ayudarla. La invité a mi casa a tomarse un té.

Edificaciones públicas cercanas a La Plaza de las Tres Culturas en México se vinieron abajo

Fue muy bien organizado lo que sucedió después del terremoto, con la coordinación de los grupos de salvamento que llegaron de todo el mundo. Los venezolanos llegaron a la embajada. Como era secretaria de las agregadas de prensa y cultura, yo hacía una pequeña hojita de chismes llamada El Chísmico, pero luego la rebauticé como El Sísmico.

El terremoto y tsunami en Japón fueron devastadores
Yo no sé si ahora hay más terremotos. Los del mar se llamaban maremotos, ahora los bautizaron Tsunamis, porque en Japón han estudiado mucho esa materia. Ellos son los que más se terremotean. Lo que me llama más la atención, es el cambio de clima. Yo creo que la Tierra está como enojada. Está reclamando algo: las interpretaciones se las dejo a los filósofos y los adivinadores".


La "Chely" y sus tres creaciones más queridas: sus hijas Clara, Ana María y Cecilia Linares. Foto FP


 

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