Graciela del Carmen se despertó muy temprano, y de un solo brinco estaba lista para hacerle frente a un día singular: ese sereno domingo estaba marcado con rojo carmesí en el calendario de la alegría, de lo bello y lo bueno en la vida. Ese domingo sin mosquitos era la gran final entre el quinteto de sus amores, el Venus de San Fernando de Atabapo, contra las Amazonas de Puerto Ayacucho.
Se ajustó las botas, miró con satisfacción sus piernas perfectas y se sintió segura, no sólo de anotar los 10 puntos de siempre, con prestancia y seguridad que la habían hecho una leyenda en la selva.
Por encima de todas las cosas, Graciela se sabía más allá de todas las maldiciones que el cura del pueblo les había echado a ella y a sus compañeras, por los altavoces de la Plaza Mayor, superando la estridencia del canto de las guacamayas. “Ese juego es una excusa para la lascivia y la perdición. Son unas ofrecidas”, escupía rabioso e insistente el sacerdote, mientras la gente hacía caso omiso a las amenazas de excomunión y se aprestaba a ver el gran juego, en la humilde cancha de básquet del pueblo.
Jugaron como nunca y perdieron como siempre. ¿Perdieron? Entre los mozalbetes que fueron testigos del juego, con la mirada brillante de un amor para toda la vida, estaba el que sería el amante padre de sus hijas y el gélido abuelo de sus nietos.
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Juanita adoraba el beisbol por encima de todas las cosas, incluso más allá de ese hombre que la atormentaba y que jamás la haría feliz. Estaba casada sin amor con el padre de su hijo, y había intentado sin éxito calmar la calentura que le bullía entre las piernas, ante la indiferencia prolongada e impepinable de su cónyuge magallanero.
El estadio de la Ciudad Universitaria era el punto de encuentro de esa urgencia, que jamás sería un nosotros, que esperaba con ansiedad el conteo de bolas y strikes hasta llegar al quinto inning de tremendura y samba, para salir pirados al estacionamiento, a darle rienda suelta a un sexo sofocado en la parte trasera del Fairlane 500, modelo 71 del pelabola que le tenía complicada la vida, pero serenito el sueño a la hora de dormir.
Y como todo tiene su final, como decía el Gran Héctor Lavoe, el día que se despidieron, del ya no más, ni un rapidito ni nada, ella se iba volviendo como loca. La tristeza se le hizo como un nudo en la garganta, que le impedía respirar ni vivir. Lo único que le quedaba era la pelota, el bullicio del estadio.
Menos mal que ese día, si bien arrastró los pies por el pesar hasta la zona A6 del coso de Los Chaguaramos, salió brincando con sus hermanos desde Octubre: esa noche sus Tiburones de La Guaira brindaban con el cielo caraqueño el champagne del campeonato desde la entrada del vestuario grandeliga que les mandó a hacer Pedro Padrón Panza y celebraron hasta el amanecer, ellos armando de apuro un ventetú para la Serie del Caribe y ella diciéndole que sí a esa salida que hace tiempo le ofrecieron hasta la Panamericana…
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Laurys era una mujer ordenada, muy ordenada, como correspondía a la jefe de mesa técnica del basquetbol de la capital. El día que le mataron como un perro a su único hijo, luego de retirarlo de la morgue y hacerle todas sus honras fúnebres, drenó con toda la furia de la que era capaz, todas y cada una de las lágrimas que tenía en sus ojos marchitos.
En su dolor de madre, en su búsqueda de respuestas para esa sinrazón absurda, Laurys se lamentaba por las horas de nostalgia que ese borracho de mierda, quizás pasando la pea en una comisaría, le había regalado para siempre.
La casa se la hacía como el propio horno crematorio nazi. Se sentía asfixiada y perdida. Hasta que la buena gente del básquet, solidaria hasta la última frontera y más allá, se negó a dejarla sola con su dolor y le rogó para que pusiera orden en la anarquía que había dejado atrás. La mesa técnica era un desastre de proporciones diluviales
Volvió de estricto negro, serenísima y con el lacerante fastidio de saber que comería solísima al terminar la partida. Prefirió no pensar en más nada y tras recibir por enésima ocasión otro pésame hueco y sin corazón, Laurys decidió vivir por la alegría de esos carajitos del barrio arriba, que por primera vez jugaban en cancha de madera y con pizarra electrónica.