viernes, 11 de septiembre de 2015

Un 11 de septiembre sucedió…





1973: Luego de jurarle lealtad eterna al presidente constitucional de Chile Salvador Allende, el general Augusto Pinochet y el alto mando militar orquestan un salvaje bombardeo al Palacio de la Moneda, traicionan a su comandante en jefe e inician una larga noche de terror y muerte en el hermano país del sur.



2001: Tras burlar los controles de seguridad aeronáutica y someter a la tripulación de tres aviones, se produce el ataque  terrorista a las Torres Gemelas del World Trade Center en Nueva York y al Pentágono en Washington. El mundo enmudece al ver a hombres y mujeres desesperados saltando al vacío, sin esperanza.


Ambas realidades han cambiado diametralmente. En Chile, no sólo retomaron el sendero de la Democracia, sino que el felón general quedó como un ladrón para la historia. Chile respira aires de Libertad y Apertura económica.


En los Estados Unidos, los ciudadanos de la Gran Manzana se sacudieron las cenizas y con el pulso firme sacaron a la metrópoli del planeta de la cloaca del miedo, donde unos fanáticos en nombre de la religión, intentaron sepultarla.


Perder la esperanza es lo peor que puede sucederle a la especie humana. Tan importante es esta energía vital, que en Venezuela existe una estrategia muy bien orquestada para quebrar la firme determinación de nuestro pueblo, de sacar por la vía electoral, pacífica y democrática a los vándalos que nos desgobiernan.


La desproporcionada sentencia condenatoria contra el líder opositor Leopoldo López revela la bestial debilidad del régimen, que a sabiendas del tsunami electoral del próximo 6D, apela a polarizar, a atizar el monstruo de la violencia y así justificar un estado de excepción total.


Y me pregunto yo, ¿vamos a pisar el peine de la histeria, la violencia y la represión? ¿Vamos a permitir que nos quiebren moralmente, cuando estamos tan cerca de la victoria, por la que hemos trabajado tanto? Espero que no.


Hoy toca acercarnos a nuestro vecinos, al que está decaído, al que no encuentra cauce a su indignación. Hoy toca organizarnos, fortalecernos, robustecer la firme convicción de que estamos en el camino que es.


Somos los venezolanos, somos gente que no se deja pecherear y que tampoco se pica ante la primera provocación, ante la primera bajeza. Somos gente inteligente, sensible, solidaria y valiente.


Dios bendiga al pueblo venezolano.

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