Bellas del tabloncillo y del diamante
Chicas de la Johnson and Johnson Company a mediados de los años 40. G raciela del Carmen se despertó muy temprano, y de un solo brinco estaba lista para hacerle frente a un día singular: ese sereno domingo estaba marcado con rojo carmesí en el calendario de la alegría, de lo bello y lo bueno en la vida. Ese domingo sin mosquitos era la gran final entre el quinteto de sus amores, el Venus de San Fernando de Atabapo, contra las Amazonas de Puerto Ayacucho. Se ajustó las botas, miró con satisfacción sus piernas perfectas y se sintió segura, no sólo de anotar los 10 puntos de siempre, con prestancia y seguridad que la habían hecho una leyenda en la selva. Por encima de todas las cosas, Graciela se sabía más allá de todas las maldiciones que el cura del pueblo les había echado a ella y a sus compañeras, por los altavoces de la Plaza Mayor, superando la estridencia del canto de las guacamayas. “Ese juego es una excusa para la lascivia y la perdición. Son unas ofrecidas”, escupía r...