miércoles, 19 de noviembre de 2014

Querida Clara Alejandra, en tu cumpleaños!






Querida Clara Alejandra:

Una persona a quien quiero tanto como tú, mi muy ejecutiva hermana Clara Elina, o sea, tu mamá, me pidió que escribiese unas líneas explicativas sobre el vals que bailarás en la fiesta de tus 15 años, a la cual uno de estos virus eruptivos, lamentablemente de moda, me impidió asistir.

Hay varias versiones sobre "Adiós a Ocumare". Voy a contarte la que me contó, hace muchísimos años, mi abuelo Antonio Delgado Noguera. Resulta ser que había un músico muy parrandero y talentoso, al que un jefe civil le informó que debía salir del pueblo o si no, lo pondría preso: una muestra más de que el autoritarismo viene desde hace mucho tiempo atrás en este país.

El músico desterrado compuso esa pieza y tal fue su belleza y  excelsitud académica, que el jefe civil le perdonó, permitiéndole quedarse en el pueblo, Ocumare del Tuy. Ángel María Landaeta es el nombre de ese primer violín, aunque estuve buscando en Google y salieron otras versiones, que no coinciden con la de mi viejo querido.

Antonio Delgado (1905-1985) fue un hombre bueno, que siempre estuvo enamorado de la tierra donde tu naciste, el estado Anzoátegui. En circunstancias aún confusas para mí, llegó en la década de los años 30 del SXX a Barcelona, para cumplir un viejo sueño: conocer el río Neverí y las ruinas de la Casa Fuerte. 

“Muchacho, usted está loco: ni que yo tuviera haciendas de cacao ni barcos en el mar”, siempre le contestaba su tatarabuela Estílita, al niño que fue alguna vez Antonio Delgado.

Literalmente con una mano atrás y otra adelante, Delgado Noguera llegó a Anzoátegui para vivir los mejores 30 años de su vida, junto a una mujer tan o más mandona que tu mamá (que ya es mucho decir), mi abuela Clara María de La Cruz Almeida Hernández de Delgado Noguera, paisana tuya, pero de Aragua de Barcelona.

El joven Antonio hizo un hogar, ladrillo a ladrillo, desde el sótano hasta la azotea, y allí brillaron sus tres estrellas: Clarita (mi mamá, o sea, tu abuela), Antonio Rafael y Ligia Josefina, acompañados luego por los primos Haydeé y Alfonso.

Antonio Delgado fue un oriental como el que más, pero siempre llevó a los Valles del Tuy en su corazón. Cada vez que escuchaba Adiós a Ocumare, experimentaba una especie de alegría rara: parecía que su alma libre, viajaba en medio de lágrimas a la casa paterna, la de Pedro Delgado, el estudiante de ingeniería que no llegó a cumplir su sueño de graduación porque la UCV estaba cerrada por Cipriano Castro.

"Adiós a Ocumare" ha sido el hermoso vals que ha acompañado, una a una, a las muchachas de mi casa, en el trance de despedirse de la niñez.

Esta noche, cuando tu orgulloso padre Rubén Pereira te tome del brazo para invitarte a bailar esa pieza, estarás envuelta en la magia del amor más puro a la tierra, a las tradiciones de una casa y al corazón de un hombre bueno, de sombrero, que podrás ver en el rostro de tu hermano Rubén José, que se le parece mucho.

¡Feliz cumpleaños, niña de mi corazón!

Fernando Peñalver, Porlamar
19 de noviembre de 2014

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Un camión de talento y solidaridad llamado Rubén Mijares


Rubén sostendrá tertulias con la gente en Margarita muy pronto (Foto @rebotero)


Fernando Peñalver
@rebotero

Porlamar. En estos días visité por primera vez al grato estadio Guatamare, hogar de los Bravos de Margarita, sitio donde trabaja como asesor de la presidencia del equipo un amigo mío: me refiero al gran Rubén Mijares.

Odiado por algunos, querido y respetado por una vasta legión de seguidores, Rubén es un profesional del periodismo deportivo y más que eso es un gran conversador.

Hace algunas lunas, específicamente en el año 1990, el profesor José Fernández Freites y yo le invitamos a que compatiera con alumnos de la Cátedra de periodismo deportivo en la UCV. 

En aquella oportunidad, coincidió en el estrado con el gran árbitro de baloncesto, José Luis Puerta Vidal, gente del deporte y amante de la música. Puerta falleció tiempo después, dejando un hondo vacío por su rectitud y decencia, valores que hay que sembrar, cultivar y multiplicar en estos tiempos salvajes que vivimos.

Rubén se acordó clarito de aquella visita, a la casa que Vence las sombras. Yo siempre recuerdo aquella colita que nos dió a Ramón Delgado Cisnero y a mi de Caracas a Puerto La Cruz. Acaba de finalizar el séptimo juego de la final de la Liga Especial de Baloncesto, entre Marinos de Oriente y los campeones Cardenales de Portuguesa, con Carl Herrera en plan estelar.

"Si quieren, vénganse conmigo. Eso sí, necesito que me vayan conversando en el camino", nos dijo el Negro y así fue. A mitad de la ruta, a medianoche, le comenté  "Rubén, estoy cumpliendo años y tengo una hambrazón". "Espérate cinco minutos, que vamos a comer la mejor parrilla del oriente venezolano", dijo quien fuera árbitro de voleibol en sus tiempos mozos.

Y así fue: perdida en la oscuridad de la noche, rodeada por todas las gandolas del planeta, estaba una chocita de cuyo fogón salían kilos y kilos de carne. "Dionisia, dame un kilo de parrilla...¡pero de la que tu sabes!", le dijo el Negro a la señora, que se le iluminó la cara al verlo llegar a su caney.

Decir que comimos rico, se les dejo a su imaginación y para no hacer el cuento más largo, tan sólo les diré que llegamos a las 2:30 am auna Caracas que siempre ha sido ruda y Rubén me llevó a mi casa en Santa Rosalía y a Ramón lo dejó en la suya en el 23 de Enero. 

Así es Rubén Mijares: enorme, como su solidaridad.